24.12.10

Te pido discreción

El presidente Urquiza viajó en el Countess of Londsdale junto con una comitiva de ingleses y franceses con los que había pactado o lo haría. Zarparon desde Palermo, donde una doble fila larga de soldados, con ballestas erguidas, dibujó un cerco humano para marcarles el camino.

Durante el caluroso viaje hacia el puerto de Santa Fe, las manos del Presidente
-blancas, sin rastros de magullones- indicaron puntos al azar para los que tenía grandes planes. “Estas praderas no tienen razón de ser sin vacas”, dijo el General mientras otras manos próximas se arrebataron hacia las suyas que firmarían tantos decretos. Un roce de camisas de lino por el ocasional entusiasmo de un inglés dejó al General a pecho descubierto. El botón estaba presto a salirse. “Todos los gringos cojudos que vengan no tendrán más vacas que usted”- sentenció John mientras deseó que las olas del Paraná fueran más impetuosas y el movimiento del barco arrancara al Presidente de su pose enhiesta, hacia sí.

La brisa húmeda del Paraná conquistó la gracia de John, de por sí poco agraciado.
Mientras Urquiza orinaba contraviento en la popa del barco, John saludaba maravillado a la naturaleza en la proa, enjugándose lágrimas que el viento hidrataba. En un camarote, después, Urquiza contó que para poblar la patria él ya había puesto su propia fertilidad a disposición. Entre risotadas se despachó el General con minucias de cada uno de los eventos que hasta la fecha le habían dado hijos. Recordó, principalmente, sus vitoreadas poses ecuestres con chinas pollerudas de los pueblos de frontera. Todas querían ser alguna vez su caballo.

Urquiza no se ahorró pormenores en la airosa conversación donde aún perduraba
la alegría por Caseros. Todo lo que la prensa reproduciría hoy, sin embargo, sería sólo su última sentencia: “el respeto por el jefe es más verdadero si se comienza por educar a las hijas de la peonada”. John, con su sensibilidad de avanzada, le habló del género, ante lo que Urquiza replicó que las telas no eran su tema. Y le pidió discreción por algunos planes que le había confesado.

Ya en tierra, el único fotógrafo de la ciudad quiso inmortalizarlo. Justo José, de espaldas al pueblo que lo vio llegar y aun sabiendo que se trataba de un retrato, se dispuso para resaltar el bulto, su centro gravitatorio. Este es el bulto que quedará para la eternidad, dijo el general entre los íntimos mientras se lo africaba con la mano modestamente. Había hecho tantos hijos.

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Santa Fe, Santa Fe, Argentina
promiscuo es el Señor, yo sólo soy un instrumento de su gracia