30.9.08

llorando le dije
es un tiempo
hasta deshidratarse
mi vida
te recuerdo
cualquier día
cumpliendo la función
de los feriados

así será

mientras no regreses
habrá de llover
como para que no
te hayas ido

y si así persiste
habrá una canción
con algunos versos
que sacian a mendigos
un tarareo que se insiste
en los que esperan
que nos den
por toda la plata
de amar

o al fiado

18.9.08

desde la última vez
que viniste
perfeccioné todavía más
mis rutinas
y aunque fui
acopiador de pelusas
aparcero en otras causas
y entenado entre mis pares
mi modo de ser cada vez más
previsible
se incrementa
como un servicio que te ofrezco
para que me engañes mejor
difiero, luego existiré

11.9.08

Que no sucede directamente a mí

insensible

Un tipo buscando sexo vira de opaco a traslúcido. Lo mismo da si intercepta una travesti (o si son dos). Dos vueltas a la presa es demasía para las hormonas bullendo. No alcanza al doble cortejo sino que frena y retrocede, a todo lo que puede. Porque no hay colisión se oye un grito lúbrico que acalora más al taxista. Si hay un dios que esta travesti ya lo tiene. No se hacen esperar después del alarido, del par de tetas una sola gana lugar en la ventanilla. El exceso de plástico no es refractario al instinto de tocar. Se produce tímido el primer contacto, y es raro. A la par, comienza el regateo que es paso necesario en tiempos de inflación. Agachada es tan austera su femineidad, y las manos de él que no son de amar. Ahora, previo a pulsar, en los dedos hay antecedentes de firuletes que estarían de más si fuera otro el contexto. ¡Viene el avioncito, viene el avioncito!- leo en los labios desabastecidos del tachero. Los acrílicos taconean sobre un asfalto que es silente soporte, haciendo música de fondo. De haber cueros y acercarse Tinto Brass, pediría una cámara, si más no fuera una foto, para luego recrear. Pero no hay nada europeo en jeans, algodón y dos santafesinos debiéndose las “s”. Otra vez toca una mercadería servida para eso, alcanza el lustre y la envidia de la otra teta rezagada. El carmín que se expande en la sonrisa es un asentimiento. Le está oprimiendo el pezón, siento la saña. La sombra en la ventana del quinto piso parece sentirlo también, acercándose al vidrio para dejar de ser sombra y resultar fiolo. Mientras el taxista reincide con el timbre, que no hay caso, que no sienten.






detalle

Subimos con dos cuadras de diferencia; antes yo lo hice, sumándome al amontonamiento. Observaba la expendedora de boletos y por eso lo vi, desde la mitad del atolladero, en la senda opuesta a la suya. Admito que observaba la máquina esperando subiera alguien, que fue oportunamente él. Por la distancia, dos gotitas de perfume no lo integraban a mi radio de cobertura. Me moví en “L” entre tantos peones, mientras por su parte sólo avanzaba, ante el chofer que decía lóbrego: “moviéndose, vamos”. Haciendo una “L” estoy en senda opuesta pero a la segunda vez ya somos de la misma línea. Es un problema si avanza aunque come cruzado. No me entretuvo su cuello entre tantas miradas dulzonas. Este chico con tantos bolsos que subió a la altura de la Terminal cumple la función de estorbar con holgura. Lo importuno con cara de quiero hacer la “L” y se enjuta un poco. Hago el segundo movimiento y de paso refriego, así se hace saber mi molestia. Mi presa, pocos pasos más allá, viste un pantalón pinzado, que veo de refilón como dispensa a esas nalgas de tener que aparentar. Avanza y queda un blanco en el medio. “¡Moviéndose, vamos!”. Cuando me cruza hay un momento de cóncavo y convexo, y una sonrisa simétrica me jaquea detrás de unos lentes de ver que quitaría. La duración contrarió a mi intención y a mi temperatura. El chofer no le hace asco a los pozos, que pareciera concertado porque me tengo que mover y friccionar una vez más. En esta partida lo convexo gana abundante lugar. Se acomoda con giro mínimo mientras resplandece instantáneo un símbolo. En cualquier situación sacra que nos hubiésemos encontrado, ante él yo no habría podido sostener mis oraciones. Toco el timbre cinco cuadras después, para enfriarme así. En casa estará la gata que me regalaron criada, y que no es mimosa.



mate de leche

Una vez que terminó de repasar los muebles, encerar los pisos y echarse a oler, para luego controlar la ortodoxa disposición de los artefactos de cocina... Una vez que puso la taza de leche en el microondas que espeja, a tres minutos en potencia considerable, como prólogo al mate de leche... Una vez que la doméstica se sentó cercana a la palita de juntar basura, descansa y aguarda. Al instante, una pelusa se desprende del común de las otras rejuntadas, abriéndose camino hasta los pies. La divisa desde el asiento, porque la delata un rayo de sol, que como siempre anda metido en todo. En esa trayectoria rodante sobre cantos que se arman mientras ruedan, a sus ojos la pelusa se sobredimensiona, aunque, a decir verdad, se desplaza haciendo alianzas. Igual, no será el tamaño la ocasión del disgusto, tampoco la caída del cabello, sino antes bien el desacierto, la mala praxis de su oficio.
Las pelusas con la tierra se están acosando, en un asco de protones y electrones tan inútil, por culpa del Glo Cot que no viene como antes. Viene una pelusa que pretende encimarse a la otra, cuál de las dos más esquiva a la cópula, se acercan zigzagueándose directo al pie. Ese meneo desquiciante, que interpreto del tamborileo de sus dedos en la falda, interrumpe cualquier discontinuidad en el foco de la atención. El suceso está ahí, en el impudor de la pelusa, que bien vista le brota un ano, y avergonzada la tierra se afana en tapárselo. Minuciosa es la luz que hace pornográfica la impericia, revelando detalles de una penetración que se dilata cuanto demora la leche en humear. Entonces el microondas resuena como un silbato que indica la reanudación de la limpieza. Para el mate de leche resta tiempo.

1.9.08

le estamos armando una infancia
con fotos donde sonría

frente a las tres mías
(una en la plaza con mi hermana del medio
la del preescolar con bigotes de corcho quemado
y otra a un costado del payaso que arruinaba mi torta)
elijo no competir por cantidad

Juana tendrá un montón de fotos
para verse crecer
una cantidad de documentos
atestiguando que sonrió

frente a tantas evidencias
digitales
mi infancia parece más imaginada

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Santa Fe, Santa Fe, Argentina
promiscuo es el Señor, yo sólo soy un instrumento de su gracia